El mundo de hoy está enfermo. El hombre lo está: porque se ha alejado del AMOR.
Y éste AMOR tiene un nombre, DIOS. "DIOS ES AMOR".
No queremos darnos cuenta que el origen de nuestra frustración y tristeza están allí. Hemos rechazado a Dios de nuestra vida porque creíamos poder prescindir de Él, queríamos la "libertad del hijo pródigo", que al final sólo le trajo vacío y fracaso. Le hemos arrancado a Dios de nuestras vidas también, porque vivir unidos a Él, significa tener entrañas de misericordia hacia los demás, actitud de servicio, capacidad de renuncia, entrega generosa y desinteresada. Capacidad de saber reconocerlo en los demás. Y todo esto, es 'complicarnos la vida'.
Estamos "enfermos" de tanto odio, rencor, desencuentros, egoísmos y mezquindades en nuestra vida cotidiana. Enfermos de una angustiante soledad, que nosotros mismos hemos provocado en nuestra vida: "arrancando", rechazando vínculos sinceros de amor con los demás. Enfermos de resentimientos, desprecios a la dignidad de los demás: explotándolos, rechazándolos, despreciándolos, calumniando, criticando. Cegados por todo ésto, no hemos comprendido que nuestra propia dignidad humana, está herida…
Y ésto, en la vida personal, familiar, social, comunitaria.
Tristemente también muchas veces, dentro de la misma Iglesia: en nuestros movimientos y grupos, comunidades sacerdotales, religiosas y laicales, colegios y escuelas, instituciones de caridad. Aunque una multitud de hermanos han abrazado una vida de amor y santidad, no pocas veces y no pocos, hemos querido presentarnos como "especialistas en las cosas de Dios, pero no como testigos creíbles de Su Amor".
Necesitamos ser "sanados": ¡Sanados en el AMOR! ¡Dios nos quiere sanos y felices!
Para lo cual debemos recorrer un único camino: ¡CRISTO! "Yo soy el camino" (Jn 14,6).
El Amor de Dios Padre brilla en su rostro. Contemplándolo a Él, descubrimos la Feliz Noticia del Amor de Dios por el hombre, por todo hombre, por todo el hombre. "Cristo es la Imagen del Dios invisible" (Col 1,15).
Dios Padre, en su infinito y entrañable amor, envió a su Hijo Único para que ofreciendo su propia vida y entregándola libremente en la Cruz, podamos "volver a su abrazo y amistad". Reconciliados en Cristo, Redentor y Salvador Nuestro: ¡volvemos al camino del Amor!
Jesucristo nos revela la vida íntima de este Dios Amor, el misterio más profundo de nuestra fe: Él es Comunión de Amor y de Personas. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Contemplar la Trinidad, nos llevará a vivir en el amor; a darle lugar al amor en nuestra vida.
Por algo "el hombre, en lo más íntimo de su ser – reconociéndolo o no -; está inquieto, hasta que no lo experimenta en su vida". Busca el rostro misericordioso de Dios, para "sanar su vida interior, en y desde ese Amor Fiel y Eterno".
¡Nosotros no podemos ver a Dios, pero Jesús sí lo ve y nos manifiesta su rostro amoroso!¡Para eso ha venido al mundo!En Cristo, en Su Persona y en Su Mensaje: impactan, interpelan, llaman, contagian… su amor y su misericordia, sus exigencias de justicia, perdón y fraternidad, su pobreza y humildad, su testimonio de entrega a todos (especialmente al más pobre y olvidado).
¿Cómo sanar entonces, nuestra vida, sino en Jesucristo?.
El trato frecuente con Él en la oración, la Palabra, la participación en los Sacramentos nos darán el impulso para ´ reconocer que estamos enfermos y tenemos necesidad del único Médico que puede sanar las heridas de nuestro corazón`. " No tienen necesidad del médico los sanos, sino los enfermos; ni he venido a llamar a los justos sino a los pecadores" (Mc 2,17). En el Sagrario, torrentes de del agua viva de Su Amor se nos derramará; inundándonos y dándole el sentido auténtico de nuestra vida, para ser felices. ¡Él es el Manantial vivo de nuestra Esperanza de una Vida Nueva en el Amor!¡Está allí, la fuente auténtica del Amor; para amar de verdad y sanar en el amor!
En el trato íntimo, permanente y fecundo con el Señor Jesús es como iremos conociéndolo, eligiéndolo, amándolo y entregándonos a él. Hasta poder decir con el apóstol: "ya no soy yo quien vive, sino Cristo en mí".
Él mismo irá contagiándonos de sus sentimientos, de Su Amor. El que hemos rechazado por tanto o poco tiempo; al que nos hemos negado tantas veces. Nuestra vida se irá "revistiendo de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia" (Col 3,12). Lejos de criticar, rechazar, juzgar, etc…nos iremos transformando en compañía silenciosa y compasiva, para tantos hermanos.
Desde el corazón de Cristo mismo, iremos aprendiendo a valorarnos unos a otros; abrir el corazón a las necesidades de los demás: que no pasan sólo por lo material, sino por "ser comprendidos, aceptados, escuchados, acogidos, corregidos, alentados, perdonados ".
Desde Cristo – sólo desde Él-, podremos descubrir al hermano como un "Don para mí". Sabremos apreciar su riqueza interior y crecer juntos en este Amor de Dios. ¡Porque Dios nos llama ha hacer juntos un camino de amor!¡Más aún, somos llamados a ofrecer el signo de Su Amor a los demás!
Sólo desde un encuentro íntimo y profundo con el Señor, podemos "sanar las heridas que tanto desamor nos ha dejado". Sólo desde el Señor podemos comprender la vida de esta manera.
Por eso, hay que interpelarse desde el Evangelio:¿Cómo anda nuestra vida?¿Cómo anda nuestra capacidad de amor?. Interpelados por el Señor, delante del Sagrario, en la oración, en Su Palabra – como en un espejo-, veremos reflejada nuestra vida. Con valentía y decisión reconoceremos si necesitamos "del Médico que sana aquellas heridas del alma, que el pecado (en todas su formas) ha dejado abiertas en nosotros ".
Cuando delante de este espejo, descubrimos que hemos dejado de lado, criticado, calumniado, rechazado; negado nuestro perdón a quien nos ha lastimado; guardado rencor o resentimiento…Cuando nos ha sido indiferente la vida, los sentimientos y necesidades de los demás; cuando nos hemos cerrado a los afectos, etc: ¡significa que la Persona y el Mensaje de Jesucristo, no han calado profundo en nuestra vida hasta transformarla en una vida según su Evangelio! El Mandamiento del Amor no está en nosotros. No vivimos ese amor, por tanto estamos vacíos; aunque delante de los demás, aparezcamos como "expertos en las cosas de Dios".
Con Cristo, el anhelo de santidad crece; hay un fuerte y profundo deseo y esfuerzo de renovación personal que sana nuestra vida y la de quien hace el camino con nosotros.
Dios nos quiere sanos, del cuerpo y del alma. Cuando el interior del hombre está enfermo, el cuerpo se enferma también. Cuando nuestras relaciones interpersonales lo están; la vida no es la que Dios sueña para nosotros. Nuestro corazón está destrozado. Y necesita de aquel que dijo: "Vengan a Mí los que están afligidos, tristes, cansados".
Recuerdo ahora alguien que conocí: rostro endurecido, parco, mirada triste, pocas relaciones de amistad (casi diría que ninguna, más que su pequeño entorno familiar). Joven aún, avejentado por viejas heridas interiores. En concreto, por algo que consumía su vida: ¡la falta de perdón! No quería, no podía (según él) perdonar una calumnia de alguien que muchos años atrás, lo había defraudado. Actitud que lo llevó a enfermarse de rencor; a no confiar en nadie más. Cosa que empeoraba el hecho de compartir el mismo lugar físico de trabajo, con aquel a "quien no podía perdonar ".
Esto puede pasarte a ti mismo, que compartes estas reflexiones; tal vez estás en una situación semejante o quizás, al leerla, te des cuenta de algo: "¿Si no soy capaz de perdonar como puedo esperar el perdón de Dios?; ¿si no soy capaz de perdonar, como puedo ser capaz de esperar que los demás si me perdonen?...
Déjame decirte que estás también tú enfermo. Que no encontrarás paz, hasta que no tomes la "decisión" de ofrecer tu perdón.
Dios espera que, desde tu situación personal concreta, abras tu corazón al perdón. Inicies una peregrinación interior de liberación y sanación. Cuando guardas rencor, resentimiento, cuando te niegas al perdón; al primero que lastimas es a ti mismo, hieres tu propia dignidad, provocas injusticia y esta experiencia traumática que arrastras no te deja ser feliz. Y lastima también a los demás, que te rodean.
Pide al Espíritu Santo, una actitud de perdón. Abre tu corazón al amor de Dios y deja que Él te ayude a madurar -en tu corazón enfermo por la falta de perdón-: el deseo de experimentar la necesidad de "sanar esta herida". Con humildad y generosidad, con grandeza de alma y actitud evangélica podrás lograrlo.
Sólo habrá paz auténtica, liberación interior y renovación espiritual, en aquel corazón que es capaz de ofrecer y aceptar el perdón. Esto es fundamental. El perdón se inspira en la lógica del amor, del mismo Amor que Dios nos tiene a nosotros, a cada hombre, a todo hombre. Cuando abres tu corazón y tu vida al Amor de Dios, ese Amor se convierte en una fuente inagotable de perdón.
Cuando tu vida, quiere dejarse llenar de Dios, necesariamente siempre buscas su perdón y eres capaz de ofrecer tu perdón. Lo cual no se trata de olvidar todo lo sucedido, sino de mirarlo desde Dios. Y Él te dará sentimientos nuevos, te enseñará a aprender de las experiencias sufridas.
Siempre "el amor es más fuerte". Sólo el amor construye, edifica, sana, libera; mientras que el odio y el rencor producen destrucción, degradan, causan ruina…En definitiva, nos impiden ser felices de verdad y ser testimonio del amor de Dios.¡Esta es la verdad liberadora del perdón!
He aprendido mucho con el magisterio del amado Juan Pablo II, acerca de esta actitud y decisión de vida:¡el perdón! Como acto de "amor gratuito".
Amor gratuito que tiene sus propias exigencias: ante todo, el respeto a la verdad. Sólo Dios es la Verdad absoluta. Y Él mismo ha puesto en el corazón del hombre el deseo de la Verdad, revelada en su Hijo amado. Verdad revelada: Dios es Amor, nos ama con amor infinito; hasta darnos a Jesús como nuestro Redentor y Salvador..
¡Todos estamos llamados a vivir la Verdad!¡Y el perdón, nunca debe excluir la Verdad! Muy por el contrario:¡la exige!El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, debe ser reparado. Esto es Justicia, esencial en el perdón y la reconciliación.
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). Tener este pensamiento y actitud de vida, nos trae paz y alegría interior. Un corazón sano y feliz. Es la inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, que sana las heridas incurables, restablece la paz y comprensión en las relaciones interpersonales. Siempre con sus raíces hundidas en el inagotable Amor de Dios.
Jesús proclamó, anunció, exigió, ofreció, dio ejemplo durante toda su vida del perdón de Dios; pero a la vez, dejó en claro que el perdón recíproco es la condición para obtener el perdón. ¡Para ser perdonados, perdonar!
Miremos diariamente nuestro corazón:¿Cabe nuestra vida en el Padre Nuestro?... Allí decimos al Señor, nuestro Padre del Cielo: "…perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Ese "como…" pone en nuestras propias manos, la medida con que seremos juzgados en el Amor.
Paréntesis: Cuando vamos al Sacramento del Perdón y la Reconciliación, buscando el perdón de nuestro Dios sin haber sido capaces, sin tener la intención de corazón y la decisión de perdonar a quienes nos han herido, lastimado, hecho mal…¿creemos que Dios nos ha de perdonar?. ¡Dios conoce nuestras intenciones, nuestro corazón, Él ve en lo secreto.¡No hay perdón, si no hay intención de perdonar! Y nuestro corazón, lejos de estar liberado, lleno de paz; crece en frustración y más aún se enferma.
¡Ni siquiera nuestra oración es agradable a Dios, sino está precedida, "garantizada" por la iniciativa o la intención auténtica de perdón y reconciliación con el hermano!
Toda persona que perdona deja también en el corazón de quien es perdonado, descubrir la grandeza infinita del perdón de Dios; contagia y testimonia a su hermano (o, por lo menos le interpela profundamente), del amor gratuito, de la entrega libre y amorosa de Cristo en la Cruz.
Quien perdona, no sólo "sana las heridas propias" sino que también, ayuda a que quien es perdonado sane las suyas y descubra que puede "comenzar una nueva vida también Él, llena de DIOS que es Amor, Perdón, Reconciliación, Misericordia".
¡Cuánta necesidad tenemos de comprender esto; para ser plenos de felicidad!
Sergio Ariel Bacigalupe
