Peregrinando

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Sacramento de la Sanación

Son dos: "Reconciliación " y "Unción de los enfermos". SACRAMENTO DE LA PENITENCIA , RECONCILIACION O CONFESIÓN Es el sacramento por el que Jesús concede al pecador que se convierte, el perdón y la reconciliación con Dios y con la Iglesia.“Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse porque el Reino de los cielos está cerca”(Marcos 4,17)

Este es un "sacramento de sanación". El pecado siempre tiene consecuencias destructivas, contra uno mismo y contra el prójimo. El Pecado, impide, en muchos casos la sanación de enfermedades o directamente las causa. Pero lo peor de todo es que perdemos la Gracia de Dios, su acompañamiento, su protección porque pecando le damos la espalda, le decimos no te necesito.

Es como la pelota de fútbol o la cubierta del automóvil que al perder el aire no pueden prestar la utilidad para lo que fueron fabricadas. Así nosotros , cuando vivimos en pecado no servimos para amar, que es para lo que fuimos creados por Dios. Y Dios es quien nos adoptó como hijos en la persona de Jesús y el bautismo que no une a El.

Es un sacramento de curación y reparación , de perdón y reconciliación con Dios.

SIGNO : De parte del Penitente “La conversión, el cambio de vida”.

De parte del Sacerdote: La absolución con las palabras: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo con la muerte y la resurrección de Su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz, y yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.”

Instituido por Jesús. Quien quiso que "lo administraran los Sacerdotes", REPRESENTÁNDOLO, EN SU LUGAR. Por eso no es valido ningún otro método.

Lo confesado al sacerdote no puede ser descubierto por éste, aunque le cueste la vida (ya hubo sacerdotes que dieron su vida antes de pecar descubriendo un secreto de confesión )...¿QUERES GARANTIA MAS GRANDE?.

Entonces a esta pregunta:"¿ por qué con un hombre, y por supuesto pecador (porque todos somos pecadores)?Simplemente, la respuesta:¡ es porque así lo quiere Jesús!.

La gracia nos llegará por el , está preparado para dar consejos y darnos la salud del alma y del cuerpo. De ahí que lo llamamos también CURAS.

Para una buena Confesión:

PRIMERO : debemos hacer un examen de conciencia, revisión de vida, tranquilos. No hay pecado que Dios no perdone, es un Padre Misericordioso. “ES MAS GRANDE QUE NOSOTROS”.

SEGUNDO: Verdadero arrepentimiento. Que surge de descubrir cuánto nos ama, que EL nos quiere dar la VIDA verdadera, la felicidad plena, sin engaños... que con la permanencia en el pecado rechazo, construyendo así mi muerte eterna.

TERCERO: Este dolor, este arrepentimiento debe llevar nuestro corazón y nuestra mente a la decisión de reparar, lo que se pueda, de vivir haciendo el bien a todos.

CUARTO: Confesar a un Sacerdote (el que yo quiera), todos los pecados que recuerdo y cantidad de veces que mas o menos hemos repetido la misma falta; sin ocultar nada, DIOS YA LAS CONOCE. Quiere solamente nuestro reconocimiento para que comencemos a trabajar a favor nuestro, construyendo NUESTRA VIDA por nuestras buenas obras, las que te harán feliz de verdad.

Por último: cumplir la penitencia impuesta. Si no sabemos que tenemos qué hacer porque no entendemos, debemos preguntarle al mismo confesor u otra persona de conocida vida cristiana. No a cualquiera.

Es muy delicado e importante cumplir la penitencia como se nos pide, es parte del remedio que necesitamos, de la ayuda para arrancar.

¡Vamos todavía Cristo tiene los brazos abiertos en la Cruz esperándote!


Una de las mayores necesidades del hombre es la de sentirse perdonado


perdonPues bien, hay por ahí arrumbado en las sacristías un Sacramento que se llama el "Sacramento del Perdón". Y se da gratis, no cuesta nada, pero la gente ya casi no lo pide.

Yo quisiera decir que la confesión es un encuentro con Dios. Un encuentro auténtico con Él, no deja igual, ¡transforma!

Así como los encuentros de la Samaritana, de Zaqueo, de Pablo, etc., en esos encuentros hay un algo que hacer saltar la chispa de sentir a Dios como la medicina adecuada, la solución, el sentido de la vida, el que andaba buscando, lo que más necesitaba. La medicina toca en la llaga abierta, pero no para abrirla más, sino para curarla.

El pecador ante Dios no se siente descubierto, sino perdonado. Ante Cristo Crucificado el pecador no debe sentir vergüenza sino amor. La confesión es un encuentro peculiar: la miseria choca con la misericordia, el pecador y el redentor se abrazan, el hijo pródigo y el padre se vuelven a encontrar. Pero; ¡qué manía de confesarse con el hombre y no con Dios!

Porque las sogas que me atan son de esta estopa: ¿Qué va a pensar el Padre?, ¿el hombre? El Padre no piensa nada, no debe de pensar nada. ¿Cómo le digo esto sin descomponerme? No me atrevo, mañana me confieso, para lo mismo responder mañana.

Y, ¡qué manía de confesarse consigo mismo!: "He fallado, he caído muy bajo, muy hondo, ¡qué vergüenza!" ¿Para qué me confieso otra vez si voy a volver a fallar?

Te confiesas tú mismo ante tu orgullo herido, que supura rabia, desesperanza, porque no acepta ser un pecador más, de los que tienen que llorar y arrepentirse como todos.

Confesarse con Dios es mejor que confesarse con el hombre o consigo mismo. Duele, ¡sí!, pero ese dolor es de otra clase, duele haber herido un amor, haber ofendido a una Padre, haber roto una amistad. Dolor redentor y humilde que cura, que trae la paz de Dios.

¡Confiésate con Él!, dile tus pecados. Llórale a Dios tu arrepentimiento. Prométele que vas a cambiar, que vas a levantarte de nuevo.

Cuando te confiesas sube la cuesta del Calvario y plántate delante de ese gran Cristo Crucificado, sangrante, que está muriendo por ti. Ahí, ante ese Cristo ¡confiésate! Cuéntale, llórale tus pecados y a Él pídele perdón.

El encuentro con el hombre provoca vergüenza, el encuentro con uno mismo provoca orgullo herido y la desesperación, el encuentro con Cristo Crucificado produce la paz del perdón.

Hoy haz una cita con el Redentor. Soy el hijo pródigo, me siento pecador, no necesito inventar pecados, ahí están, son muchos, llevan mi nombre, pero el perdón de Dios es infinitamente mayor.

Cristo perdona siempre y con mucho gusto. Ahí encontrarás siempre al mismo Dios con el perdón en la mano y en el corazón, un perdón siempre del tamaño del pecado.

A Cristo le gusta, le fascina perdonar. Con terminología humana podríamos decir, que se siente realizado perdonando, perdonándote a ti y a mi. Se trata de un encuentro con Dios muy especial.

El médico que va con el enfermo sabe muy bien qué medicina recetarle, tiene medicina para todos los males; las hay dulces, las hay pequeñas, las hay grandes, hay medicinas para todos los males.

La verdad es que cuando uno se confiesa bien, se siente curado. Es el encuentro del hombre cansado y triste con Dios Omnipotente que restaura sus fuerzas. Hay en la penitencia vitaminas para la tristeza y el cansancio, males de quien diariamente debe recorrer un largo camino.

La verdad es que la confesión restaura esas fuerzas y nos brinda paz, es el encuentro del amigo que ha fallado a la amistad con el Amigo, con Cristo, con Dios, con ese Padre misericordioso que siempre trae en las manos algo para ti.

La confesión frecuente reafirma mi amistad con Dios, con el Cristo de mis días felices y mis grandes momentos. Por eso, si al confesarme me asiste un poco de fe como un grano de mostaza, debería ser un encuentro regocijante y un gran acontecimiento cada vez.

La forma mejor de confesarse es hacerlo a la puerta del infierno para llenarnos de susto o frente a un crucifijo para llenarnos de amor.

Autor: P. Mariano de Blas


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