Cuando estés enfermo...


Testimonio

"Dios obra Sanación por la Fe y el Amor de sus Hijos"

Enero de 2007

MAESTRA EN LA FE 

En el Colegio Nuestra Señora del Pilar, Chapinero, en Bogotá, durante un Taller de Escuelas de Padres de Familia, acerca de la Fe, en el 2do. semestre del 2001, pidió la palabra uno de los participantes y dijo:

Hoy doy un testimonio personal de algo que nunca creería ni yo mismo.  Al decir estas palabras, todos guardaron silencio; conocían muy bien a quien hablaba, pues no era muy dedicado a las cuestiones religiosas.

En mí mismo sucedió algo extraordinario.  Tenía un cáncer terminal y, como médico que soy, no lo podía creer, a pesar del dolor continuo de mi cabeza.  Fui a varias clínicas, me hice tomar radiografías y todas daban el mismo resultado.  Total, aunque no quería reconocerlo, ahí estaban las pruebas: ¡Cáncer terminal en mi propio cráneo!

El silencio era absoluto en el salón de conferencias.

Una noche me puse a llorar junto a mi esposa, pues tenía que enfrentarme a tan fatal realidad.  Ella no sabía qué decirme.  Sólo me abrazaba.  Pero, tras la puerta, estaba mi pequeña hijita de tan sólo 5 años, estudiante del Colegio del Pilar que hoy nos acoge.  En silencio, ella vino y nos abrazó a los dos y con su prudencia mostró comprensión.  Preguntó: ¿Qué te dijo el médico, papito?  "Nada grave", contesté procurando disimular mis lágrimas.

Pero tú eres médico.  Los exámenes y tu dolor de cabeza de todos los días... ¿qué te dicen?  Su tono era patético y digno de personas de mayor edad.

Sí, estoy algo malito...

La niña me abrazó con inmensa ternura, hasta hacerme llorar en sus brazos.  Me dijo suavemente:

Tranquilo, papito, mientras acariciaba la zona parietal en la que yo sufría los terribles dolores.

Esa noche me dejé guiar por ella.  Me tomó de la mano, me llevó a la cama, me sentó a la orilla, me recosté y, como si fuera una persona adulta, sentenció:

¡Dios no me falla!

Hizo que pusiera mi cabeza en sus piernecitas, colocó sus manos en la zona dolorida de mi cabeza y, con una fe y una confianza inauditas, dijo:

Mamita, vamos a orar por la salud de mi papito.  Yo sé una oración.  Y, con sus manos impuestas en mi cabeza, cerrando los ojos, volvió a afirmar, con un énfasis extraño:

¡Dios no me falla! y añadió: Mamita recemos.

Cerrando sus ojitos, lentamente rezó la Oración a la Virgen del Pilar que les enseñan en el Colegio, con una devoción y unción tan profunda que yo mismo estaba conmocionado.  Sin saber cómo, yo sentía algo raro por dentro de mi propio cerebro.  Realmente me estaba recuperando en el regazo de mi pequeño ángel que oraba con tal confianza.  Terminó de orar a la Virgen y añadió peticiones:

Tú, Dios mío, no me puedes fallar.  Mi papacito tiene que quedar bueno.  Tú no me fallas.  No puedes llevarte a mi papito, Tú no me fallas.  No podemos quedar solitas mamá y yo...

Mi sentimiento se tornaba en gigante respeto por una personita que me estaba dando muestras de tan gran madurez y confianza en Aquel que yo estaba dejando a un lado... Mi ángel pequeñito me estaba dando lecciones profundas de Fe.

Lo cierto es que me comenzaron a pasar los fortísimos dolores y, por insistencia de mi mujer, fui a la última clínica en la que me habían tomado las radiografías.  Tomaron una y nada, otra y nada.  Llamaron a la persona que había hecho las últimas y era la misma que estaba allí en Rayos X.  ¡Optaron por volver a hacer otras y no me encontraron nada!  No podía creer que mi cáncer terminal en el cerebro se hubiera ido, así como así...

Me fui a las otras clínicas en las que yo mismo había estado haciéndome tomar varias radiografías, pues, como médico, no quería aceptar que estuviera en ese estado y, ¡oh sorpresa tan grande!  ¡En ninguna de ellas aparecieron rastros del mal tan terrible!

Entienden, queridos padres de familia, ¿por qué he vuelto a Dios y que mi pequeña, de sólo 5 años, ha sido mi gran maestra en la Fe?

Cuando terminó de exponer su vivencia, todos llorábamos... en silencio.

Hermana Aracely Barajas, Rectora